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La patologización de la vida cotidiana.

Cuando cualquier emoción, conducta o dificultad recibe un diagnóstico, corremos el riesgo de olvidar qué significa realmente tener un trastorno mental.


Nunca habíamos hablado tanto de salud mental.

La ansiedad, la depresión, el TDAH, el trauma, el apego o la regulación emocional forman parte de conversaciones cotidianas, publicaciones en redes sociales y titulares de prensa. La psicología ha salido de las consultas para ocupar un lugar central en la sociedad.

Y eso, en muchos aspectos, representa un avance extraordinario.

Hablar de salud mental reduce el estigma, favorece que las personas pidan ayuda y nos recuerda que el sufrimiento psicológico merece la misma atención que cualquier otro problema de salud.

Sin embargo, junto a este cambio positivo ha surgido otro fenómeno que merece una reflexión crítica.

Cada vez parece más difícil distinguir entre el sufrimiento normal de la vida y un trastorno mental.

Hoy tendemos a interpretar emociones, conductas o dificultades cotidianas como si fueran necesariamente síntomas de una enfermedad psicológica.

Y eso tiene consecuencias.

Hablar de «La patologización de la vida cotidiana» no significa minimizar el sufrimiento de las personas. Significa preguntarnos si estamos convirtiendo experiencias humanas normales en problemas clínicos que requieren una etiqueta diagnóstica.


bienestar emocional

Sentir malestar no significa estar enfermo

Una de las ideas más importantes que transmite la psicología basada en la evidencia es que las emociones desagradables forman parte del funcionamiento normal del ser humano.

Sentir miedo cuando existe una amenaza tiene una función adaptativa.

La tristeza aparece tras una pérdida y facilita la adaptación a esa nueva realidad.

La ansiedad nos prepara para afrontar situaciones exigentes.

La culpa favorece la reparación cuando creemos haber hecho daño a alguien.

Incluso emociones como la vergüenza cumplen una función importante en la regulación de la conducta social.

En otras palabras.

Las emociones no son un error del cerebro.

Son el resultado de millones de años de evolución.

El objetivo de la salud mental no consiste en eliminar las emociones desagradables.

Consiste en aprender a relacionarnos con ellas de una manera más flexible y adaptativa.


El problema comienza cuando confundimos síntomas con diagnósticos

Uno de los errores más frecuentes en la divulgación actual consiste en asumir que reconocer un síntoma equivale a tener un trastorno.

Los principales sistemas diagnósticos internacionales, como el DSM-5-TR o la CIE-11, no diagnostican emociones aisladas.

Diagnostican patrones.

Un trastorno psicológico no se define únicamente por la presencia de determinados síntomas.

También requiere valorar su intensidad, su duración, el contexto en el que aparecen, el momento evolutivo en el que comenzaron y el grado de interferencia que generan en la vida de la persona.

Por ejemplo.

Olvidar una cita no implica tener TDAH.

Sentirse triste después de una ruptura no significa padecer un episodio depresivo mayor.

Experimentar ansiedad antes de hablar en público no equivale a sufrir un trastorno de ansiedad.

Tener pensamientos repetitivos no implica necesariamente un trastorno obsesivo-compulsivo.

Y preferir pasar un tiempo a solas no convierte automáticamente a alguien en una persona con un trastorno evitativo o esquizoide de la personalidad.

La diferencia no está en la existencia de un síntoma.

La diferencia está en el patrón clínico.


evaluación psicológica

Todos podemos reconocernos en los manuales diagnósticos

Existe una razón por la que tantas personas sienten que un vídeo de redes sociales «les describe perfectamente».

Muchos síntomas psicológicos forman parte de un continuo.

Todos hemos procrastinado alguna vez.

Todos nos hemos distraído.

Todos hemos tenido pensamientos intrusivos.

Todos hemos sentido ansiedad.

Todos hemos experimentado cambios de humor.

Todos hemos evitado alguna situación incómoda.

Todos hemos sido impulsivos en algún momento.

Cuando los síntomas se presentan de forma aislada, ocasional y proporcionada al contexto, forman parte de la experiencia humana.

Por eso resulta tan sencillo identificarse con algunas descripciones del DSM-5-TR o de la CIE-11 cuando se presentan fuera de su contexto clínico.

Pero identificarse con un síntoma no significa cumplir criterios para un diagnóstico.


Las redes sociales buscan respuestas simples

Las redes sociales han contribuido enormemente a divulgar información sobre salud mental.

Pero también han favorecido una simplificación excesiva.

Es habitual encontrar mensajes como:

«Si sobrepiensas, tienes ansiedad.»

«Si eres despistado, tienes TDAH.»

«Si te cuesta confiar, tienes trauma.»

«Si eres muy perfeccionista, tienes TOC.»

Este tipo de mensajes funcionan porque son fáciles de entender.

Pero rara vez reflejan la complejidad de la práctica clínica.

La psicología no funciona mediante listas rápidas de comprobación.

Funciona integrando múltiples variables: historia personal, contexto, funcionamiento, evolución, factores biológicos, aprendizaje, relaciones y muchas otras dimensiones.


psicología clínica

La medicalización del malestar cotidiano

En las últimas décadas, diferentes autores han alertado sobre un fenómeno conocido como medicalización o patologización de la vida cotidiana.

Se refiere a la tendencia a interpretar problemas normales de la existencia como si fueran enfermedades que requieren un diagnóstico clínico.

No todo duelo necesita convertirse en depresión.

No toda preocupación necesita recibir una etiqueta de ansiedad.

No toda dificultad para concentrarse implica un trastorno del neurodesarrollo.

No toda timidez constituye una fobia social.

La vida incluye pérdidas, incertidumbre, frustraciones, conflictos y momentos de sufrimiento.

Pretender eliminar cualquier experiencia emocional desagradable puede generar la falsa expectativa de que sentir malestar es anormal.

Y eso termina aumentando todavía más el sufrimiento.


El riesgo de construir una identidad alrededor del diagnóstico

Los diagnósticos son herramientas clínicas.

No deberían convertirse en identidades personales.

Sin embargo, cada vez es más frecuente que las personas se definan exclusivamente a través de una etiqueta.

«Soy ansioso.»

«Soy TDAH.»

«Soy TOC.»

Aunque poner nombre a lo que ocurre puede resultar muy útil, también existe el riesgo de reducir toda la identidad a una categoría clínica.

Las personas somos mucho más que un diagnóstico.

Tenemos fortalezas.

Recursos.

Valores.

Historia.

Capacidad de aprendizaje.

Y posibilidades de cambio.

Un diagnóstico debe servir para comprender mejor el problema, no para limitar la identidad de quien lo recibe.


ansiedad normal

Pedir ayuda no requiere tener un trastorno

Existe otra idea que merece ser reivindicada.

No hace falta cumplir criterios diagnósticos para acudir a terapia.

La terapia psicológica no está reservada exclusivamente para personas con un trastorno mental.

También puede ser útil cuando atravesamos una separación, un duelo, dificultades familiares, conflictos de pareja, problemas de autoestima, estrés laboral o cualquier situación que nos genere malestar.

Buscar ayuda no significa estar enfermo.

Significa reconocer que necesitamos apoyo para afrontar una etapa complicada.

Y eso forma parte del cuidado de la salud mental.


Una evaluación rigurosa marca la diferencia

Precisamente porque muchos síntomas son compartidos entre distintos trastornos —e incluso con experiencias normales de la vida— resulta imprescindible realizar una evaluación psicológica completa antes de establecer cualquier diagnóstico.

Los buenos profesionales no diagnostican únicamente escuchando una lista de síntomas.

Evalúan el contexto.

La evolución.

La personalidad.

El funcionamiento cotidiano.

Los antecedentes.

La intensidad del malestar.

Y el impacto real sobre la vida de la persona.

Ese proceso requiere tiempo, experiencia clínica y formación especializada.

No puede sustituirse por un test de internet ni por un vídeo de un minuto.


patologización de la vida cotidiana

Reflexión final

«La patologización de la vida cotidiana» no pretende cuestionar la existencia de los trastornos mentales.

Todo lo contrario.

Pretende recordar que precisamente porque existen trastornos reales debemos utilizarlos con rigor.

La salud mental no consiste en no sentir tristeza.

Ni miedo.

Ni ansiedad.

Ni frustración.

Consiste en desarrollar la capacidad de vivir con todas esas emociones sin que definan nuestra vida.

No todo malestar necesita un diagnóstico.

Pero todo malestar merece ser escuchado.

Y comprender esa diferencia quizá sea una de las mejores formas de cuidar verdaderamente nuestra salud mental.


Celia Ruano Robles

Psicóloga General Sanitaria



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