«Almond moms».
- Celia Ruano Robles
- 6 jul
- 6 min de lectura
Cuando la preocupación por comer «bien» termina enseñando a tener miedo a la comida.
En los últimos meses hay un término que ha inundado TikTok, Instagram y otras redes sociales: «Almond moms». Miles de vídeos muestran escenas cotidianas de madres que recomiendan sustituir una comida por un puñado de almendras, que recuerdan constantemente las calorías de los alimentos o que convierten cualquier comida en una oportunidad para hablar del peso.
Para muchas personas estos vídeos tienen un componente humorístico; para otras, resultan sorprendentemente familiares. Lo que comenzó como un meme se ha convertido en un fenómeno que ha abierto un debate mucho más profundo sobre cómo aprendemos a relacionarnos con la comida, el cuerpo y la salud. Sin embargo, como ocurre con muchos conceptos que nacen en Internet, conviene detenerse antes de utilizar la etiqueta de forma indiscriminada. No toda madre que cuida su alimentación es una «Almond mom», ni todo comentario sobre nutrición resulta perjudicial. La realidad psicológica es bastante más compleja.

¿Qué significa realmente «almond mom»?
El término surgió a raíz de un vídeo muy conocido en el que una madre aconsejaba a su hija que, si tenía hambre, simplemente se comiera unas almendras y las masticara despacio. Aquella escena terminó convirtiéndose en el símbolo de un estilo de relación con la alimentación caracterizado por la restricción constante, el miedo a determinados alimentos, la preocupación excesiva por el peso y la transmisión de normas rígidas sobre lo que se puede o no se puede comer.
Con el tiempo, el concepto dejó de referirse únicamente a ese episodio concreto y pasó a describir a madres —o figuras cuidadoras— cuya relación con la comida está marcada por la cultura de la dieta y que, muchas veces sin intención, transmiten esos mismos mensajes a sus hijos. Lo importante no son las almendras. Lo importante es todo lo que representan: comer menos de lo que el cuerpo necesita, desconfiar del hambre y asociar el valor personal con el tamaño corporal.
La diferencia entre educar en salud y educar desde el miedo
Es importante hacer una distinción que a menudo desaparece en las redes sociales. Enseñar hábitos saludables no convierte a nadie en una «almond mom». Promover una alimentación equilibrada, ofrecer frutas y verduras, limitar el consumo habitual de ultraprocesados o enseñar a escuchar las señales de hambre y saciedad forma parte de una educación nutricional adecuada.
El problema aparece cuando la alimentación deja de estar guiada por el bienestar y comienza a organizarse alrededor del miedo, la culpa y el control. Comentarios como «eso engorda», «si comes ese postre luego tendrás que compensarlo», «no deberías repetir», «hay que ganarse la comida haciendo ejercicio» o «yo hoy no como porque ayer me pasé» pueden parecer inofensivos cuando se escuchan de forma aislada. Sin embargo, repetidos durante años, terminan construyendo una determinada manera de entender la alimentación y el propio cuerpo.

Aprendemos mucho más de lo que vemos que de lo que nos dicen
La psicología lleva décadas demostrando que una parte importante del aprendizaje infantil ocurre mediante observación. Los niños no solo aprenden aquello que sus padres les enseñan explícitamente. También aprenden observando cómo hablan de sí mismos, cómo se relacionan con la comida y cómo reaccionan ante su propio cuerpo. Si un niño crece viendo que uno de sus progenitores vive permanentemente a dieta, elimina grupos enteros de alimentos, expresa culpa después de comer o se pesa constantemente, es probable que termine interiorizando que comer es algo peligroso y que el cuerpo es un proyecto que siempre necesita ser corregido. No hace falta que nadie diga «debes adelgazar». Muchas veces basta con convivir durante años con un modelo que transmite esa idea de forma implícita.
¿Las «almond moms» provocan trastornos de la conducta alimentaria?
La respuesta corta es no. Y esta aclaración resulta fundamental. Los trastornos de la conducta alimentaria tienen un origen claramente multifactorial. La evidencia científica señala la interacción de factores genéticos, biológicos, psicológicos, familiares, sociales y culturales. Ningún comentario aislado, ningún estilo educativo concreto ni ninguna madre explican por sí solos el desarrollo de un TCA.
Sin embargo, también sabemos que crecer en un entorno donde existe una preocupación excesiva por el peso, una elevada insatisfacción corporal o una cultura constante de restricción alimentaria puede aumentar la vulnerabilidad de algunas personas, especialmente cuando concurren otros factores de riesgo. El objetivo, por tanto, no debe ser buscar culpables, sino comprender cómo determinados mensajes pueden influir en el desarrollo de la relación con la comida.

La cultura de la dieta como verdadero contexto
Quizá el error sea pensar que las «almond moms» aparecen de la nada. En realidad, son el producto de una cultura que durante décadas ha transmitido la idea de que el éxito, la salud e incluso la felicidad dependen del peso corporal.
Muchas de estas madres crecieron escuchando exactamente los mismos mensajes que ahora reproducen. Ellas también aprendieron que determinados alimentos eran «pecados», que el hambre debía controlarse, que el cuerpo siempre podía mejorar y que adelgazar era un objetivo permanente.
Desde esta perspectiva, el fenómeno deja de entenderse como un problema individual para convertirse en un reflejo de una cultura profundamente marcada por la gordofobia, la idealización de la delgadez y la moralización de la alimentación.
El riesgo de perder la conexión con el propio cuerpo
Uno de los efectos más importantes de este tipo de mensajes es el deterioro de la alimentación intuitiva. Los seres humanos nacemos con una notable capacidad para regular el hambre y la saciedad. Los bebés comen cuando tienen hambre y dejan de hacerlo cuando están satisfechos. Poco a poco, el entorno puede favorecer que esa capacidad se mantenga o, por el contrario, que quede sustituida por normas externas.
Cuando un niño aprende que debe ignorar su hambre, terminarse siempre el plato, evitar determinados alimentos porque «engordan» o compensar cualquier exceso, deja progresivamente de confiar en las señales que le envía su propio organismo. En lugar de escuchar su cuerpo, empieza a obedecer reglas rígidas. Esa desconexión constituye uno de los factores que con frecuencia encontramos en personas que posteriormente desarrollan una relación problemática con la alimentación.

Cuando el cuerpo se convierte en un proyecto permanente
Las «almond moms» no solo transmiten mensajes sobre comida. También transmiten una determinada forma de entender el cuerpo. Si los adultos hablan constantemente de adelgazar, critican su aspecto físico, viven pendientes de la báscula o expresan insatisfacción continua con su imagen corporal, los niños aprenden que el cuerpo nunca es suficiente. Aprenden que siempre hay algo que corregir, reducir o mejorar. Este tipo de aprendizaje puede favorecer una autoestima excesivamente dependiente de la apariencia física y aumentar la preocupación por el peso desde edades muy tempranas. La investigación muestra que la insatisfacción corporal constituye uno de los factores de riesgo más consistentes para el desarrollo de trastornos de la conducta alimentaria, especialmente cuando se combina con perfeccionismo, baja autoestima o presión sociocultural.
Las redes sociales han amplificado un problema que ya existía
Internet no ha inventado este fenómeno. Lo ha hecho visible. Muchas personas han descubierto gracias a las redes que aquello que vivieron durante su infancia no era una experiencia exclusivamente personal. Sin embargo, las redes también presentan un riesgo: simplificar realidades complejas. No toda madre preocupada por la alimentación es una «almond mom». Tampoco todos los conflictos relacionados con la comida pueden explicarse mediante esta etiqueta.
Convertir un concepto útil para reflexionar en una forma de ridiculizar o culpabilizar a las madres no solo resulta injusto, sino que dificulta comprender el verdadero problema: la enorme influencia que la cultura de la dieta sigue teniendo sobre varias generaciones.

¿Cómo podemos favorecer una relación sana con la comida?
Educar en alimentación no consiste en enseñar a contar calorías ni en clasificar los alimentos entre «buenos» y «malos». Consiste en enseñar flexibilidad, equilibrio y pensamiento crítico. Significa ofrecer una alimentación variada sin convertir determinados alimentos en premios o castigos. Implica hablar del cuerpo con respeto, evitar comentarios innecesarios sobre el peso propio o ajeno y enseñar que el valor de una persona nunca depende de su aspecto físico. También supone permitir que los niños aprendan a reconocer sus propias señales de hambre y saciedad, favoreciendo una relación con la comida basada en la confianza y no en el miedo.
Reflexión final
El fenómeno de las «almond moms» nos recuerda que la relación con la comida comienza a construirse mucho antes de que aparezca cualquier dieta. Empieza en la mesa familiar, en los comentarios que escuchamos, en la forma en que los adultos hablan de su cuerpo y en el significado emocional que atribuimos a la alimentación. La solución no pasa por señalar a una generación concreta ni por buscar culpables. Pasa por romper un ciclo que lleva décadas transmitiéndose de padres a hijos. Porque el objetivo no debería ser criar personas que sepan restringirse mejor, sino personas que sepan cuidar de sí mismas sin miedo a la comida y sin convertir su cuerpo en el centro de su valor personal.

Reserva tu sesión
Si sientes que tu relación con la comida está marcada por la culpa, la restricción, la ansiedad o una preocupación constante por el peso, o si crees que determinados mensajes aprendidos durante tu infancia siguen influyendo en tu manera de alimentarte, la terapia puede ayudarte. Comprender el origen de esa relación es el primer paso para construir una forma más libre, flexible y saludable de convivir con la comida y con tu cuerpo. Si quieres comenzar ese proceso, puedes reservar una sesión. Estaré encantada de acompañarte.
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