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Tercera edad y rasgos de personalidad.

Envejecer no cambia quién eres, pero sí puede hacer más visibles determinados rasgos de personalidad.


Hablar de envejecimiento suele llevarnos a pensar en cambios físicos, enfermedades o pérdida de memoria. Sin embargo, existe un aspecto del que se habla mucho menos y que, sin embargo, tiene una enorme influencia sobre la calidad de vida de las personas mayores y de quienes las rodean: la personalidad. Con frecuencia escuchamos frases como «desde que se ha hecho mayor está mucho más cabezota», «siempre fue un poco desconfiado, pero ahora no hay quien lo convenza de nada» o «antes ya era muy perfeccionista, pero ahora necesita controlarlo absolutamente todo».


Estas observaciones tienen una base psicológica interesante y ayudan a comprender por qué la «Tercera edad y rasgos de personalidad» constituyen un tema cada vez más estudiado dentro de la psicología del envejecimiento. Envejecer no significa desarrollar un trastorno de personalidad ni implica que todas las personas mayores cambien radicalmente su forma de ser. Lo que ocurre, en muchos casos, es que determinados rasgos presentes durante toda la vida pueden hacerse más evidentes cuando aparecen cambios asociados a la jubilación, la pérdida de seres queridos, las enfermedades crónicas, la disminución de la autonomía o la reducción de las relaciones sociales.


tercera edad y personalidad

¿La personalidad cambia con la edad?

Durante mucho tiempo se creyó que la personalidad permanecía completamente estable desde la edad adulta. Hoy sabemos que la realidad es algo más compleja. Los estudios longitudinales muestran que la personalidad presenta una considerable estabilidad, pero también una cierta capacidad de cambio a lo largo de la vida. La mayoría de las personas experimentan modificaciones graduales relacionadas con la madurez, la experiencia y los acontecimientos vitales. Por ejemplo, es relativamente frecuente que con los años aumenten la responsabilidad o la estabilidad emocional en muchas personas. Sin embargo, estos cambios suelen ser pequeños y no transforman completamente la forma de ser de un individuo.


Lo que sí permanece relativamente constante es la tendencia general a interpretar el mundo, relacionarse con los demás y gestionar las emociones de una manera determinada. Es decir, alguien que durante toda su vida ha sido muy desconfiado probablemente continuará mostrando esa tendencia durante la vejez, aunque las circunstancias hagan que dicha desconfianza resulte más evidente.


¿Por qué algunos rasgos parecen intensificarse?

Uno de los errores más frecuentes consiste en atribuir todos los cambios conductuales al envejecimiento biológico. Sin embargo, muchas veces lo que observamos no es un cambio de personalidad, sino una reducción de los factores que durante años ayudaban a compensar determinados rasgos.


Mientras una persona trabaja, mantiene una rutina diaria, interactúa con diferentes personas y afronta múltiples responsabilidades, dispone de numerosos estímulos que favorecen cierta flexibilidad psicológica. La jubilación, la disminución de la actividad física, la pérdida de amigos o familiares, las enfermedades o el aislamiento pueden reducir considerablemente esos factores protectores.


Como consecuencia, determinados rasgos pueden expresarse con mayor intensidad. Una persona muy perfeccionista puede volverse todavía más rígida cuando siente que pierde el control sobre otros aspectos de su vida. Alguien con tendencia a la ansiedad puede preocuparse excesivamente por pequeños cambios físicos. Una persona desconfiada puede interpretar con mayor facilidad que los demás intentan aprovecharse de ella. Esto no significa que haya aparecido un trastorno nuevo, sino que las circunstancias vitales favorecen la manifestación de patrones que probablemente ya existían.


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El papel de la pérdida de control

Uno de los elementos psicológicos más importantes durante la tercera edad es la percepción de control. Envejecer implica aceptar numerosos cambios que no siempre pueden evitarse: limitaciones físicas, tratamientos médicos, dependencia parcial de otras personas o modificaciones en la rutina diaria. Para algunas personas esta pérdida de control resulta relativamente fácil de integrar. Para otras, especialmente aquellas con rasgos muy perfeccionistas, obsesivos o necesitados de certeza, puede convertirse en una importante fuente de sufrimiento.


En estos casos pueden aparecer conductas destinadas a recuperar esa sensación de control. Algunas personas intentan organizar de forma excesivamente rígida la vida familiar, supervisan continuamente las tareas de quienes conviven con ellas o muestran una gran dificultad para aceptar opiniones diferentes. Desde fuera puede interpretarse como «mal carácter», cuando en realidad muchas veces constituye una estrategia psicológica para reducir la incertidumbre.


La influencia del aislamiento social

Otro factor que merece especial atención es el aislamiento. Numerosas investigaciones han demostrado que la soledad prolongada no solo incrementa el riesgo de depresión y deterioro cognitivo, sino que también puede influir en la forma en que las personas interpretan las intenciones de los demás.


Cuando disminuyen las oportunidades de interacción social, es más fácil que aparezcan interpretaciones negativas, suspicacia o dificultades para flexibilizar determinados pensamientos. La ausencia de experiencias nuevas también reduce las oportunidades para cuestionar creencias muy arraigadas.


Por ello, mantener una vida social activa adaptada a las posibilidades de cada persona constituye uno de los factores protectores más importantes durante el envejecimiento.


envejecimiento psicológico

¿Cuándo hablamos de rasgos y cuándo de un trastorno de personalidad?

Esta distinción resulta fundamental. Todas las personas tenemos rasgos de personalidad. Algunos somos más organizados, otros más impulsivos, otros más sensibles al rechazo o más reservados. Los rasgos forman parte de la normalidad y, por sí mismos, no constituyen un problema.


Un trastorno de personalidad, en cambio, implica un patrón persistente e inflexible que provoca un deterioro significativo en el funcionamiento personal, social o familiar y que suele estar presente desde el inicio de la edad adulta. Por tanto, no es correcto afirmar que una persona «ha desarrollado» un trastorno de personalidad simplemente porque con los años se haya vuelto más rígida, más desconfiada o más irritable.


Antes de llegar a esa conclusión es imprescindible valorar múltiples factores, entre ellos la historia vital, el funcionamiento previo, la presencia de enfermedades neurológicas, alteraciones cognitivas, consumo de medicamentos o acontecimientos estresantes recientes.


La importancia de no patologizar el envejecimiento

Vivimos en una sociedad que con frecuencia interpreta cualquier cambio psicológico como un posible diagnóstico. Sin embargo, el envejecimiento conlleva procesos de adaptación complejos que no deben confundirse automáticamente con un trastorno mental.


Es normal que una persona mayor experimente tristeza tras la pérdida de un ser querido, preocupación por su salud o cierta resistencia ante cambios importantes en su rutina. Estas reacciones forman parte de la experiencia humana y no siempre requieren un diagnóstico clínico.


Del mismo modo, tampoco resulta adecuado justificar cualquier conducta problemática diciendo simplemente que «es la edad». El objetivo debe ser comprender qué está ocurriendo realmente y ofrecer el apoyo más adecuado en cada caso.


rasgos de personalidad

¿Cómo pueden ayudar los familiares?

Con frecuencia son los familiares quienes primero perciben cambios en la personalidad de una persona mayor. La tentación suele ser responder mediante discusiones, confrontaciones o intentando convencer constantemente a la otra persona de que está equivocada. Sin embargo, esta estrategia rara vez resulta eficaz.


La comunicación respetuosa, la validación emocional y la comprensión del contexto suelen favorecer mucho más la convivencia. También resulta importante fomentar la autonomía siempre que sea posible, respetar las preferencias de la persona y evitar infantilizarla. Mantener actividades significativas, favorecer el contacto social y consultar con profesionales cuando aparecen cambios llamativos constituye una forma mucho más útil de afrontar estas situaciones.


¿Puede beneficiarse una persona mayor de la terapia psicológica?

Absolutamente sí. Aunque durante muchos años la atención psicológica se ha centrado principalmente en población joven o adulta, hoy sabemos que las intervenciones psicológicas también pueden resultar muy beneficiosas durante la tercera edad.

La terapia puede ayudar a afrontar procesos de duelo, adaptación a enfermedades, ansiedad relacionada con la salud, cambios vitales asociados a la jubilación, dificultades familiares, aislamiento social o problemas derivados de determinados rasgos de personalidad que generan sufrimiento. Lejos de ser demasiado tarde para cambiar, muchas personas mayores encuentran en la terapia un espacio para comprender mejor su historia de vida y desarrollar formas más flexibles de afrontar el presente.


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Reflexión final

Hablar de «Tercera edad y rasgos de personalidad» supone recordar que envejecer no significa dejar de ser quien uno es. La personalidad continúa acompañándonos durante toda la vida, aunque las circunstancias propias del envejecimiento puedan hacer más visibles algunos aspectos que antes pasaban desapercibidos. Comprender estos procesos desde una perspectiva científica y libre de prejuicios nos permite ofrecer respuestas más humanas y ajustadas a la realidad. No todas las personas mayores desarrollan problemas psicológicos, ni todos los cambios conductuales forman parte inevitable del envejecimiento. La clave está en diferenciar entre los cambios esperables, las dificultades adaptativas y aquellas situaciones que realmente requieren una valoración profesional.


Celia Ruano Robles

Psicóloga Especialista en Trastornos de la Personalidad



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Si tú o un familiar estáis atravesando dificultades relacionadas con el envejecimiento, cambios en la personalidad, problemas emocionales o conflictos familiares derivados de esta etapa vital, la terapia psicológica puede ofrecer herramientas útiles para comprender la situación y mejorar la calidad de vida. Si deseas recibir una atención personalizada, basada en la evidencia científica y adaptada a vuestras necesidades, puedes reservar una sesión conmigo. Estaré encantada de acompañaros en este proceso.



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