No es sólo sentarme y escucharte.
La terapia psicológica no consiste únicamente en contar lo que te pasa mientras alguien te escucha: detrás de cada sesión hay evaluación, comprensión clínica, intervención y un proceso terapéutico adaptado a ti.
Cuando alguien me pregunta qué hacemos los psicólogos en consulta, muchas veces aparece una imagen bastante simplificada: una persona se sienta, cuenta sus problemas y, al otro lado, el psicólogo escucha, asiente y quizá hace alguna pregunta de vez en cuando. Como si nuestro trabajo consistiera fundamentalmente en escuchar. Y sí, escuchar es una parte imprescindible de la terapia, pero pensar que la terapia es sólo sentarme y escucharte es reducir enormemente lo que ocurre dentro de una consulta psicológica. Escuchar no es una actividad pasiva cuando se hace desde una perspectiva clínica. Mientras me cuentas lo que ha ocurrido, no sólo estoy recibiendo información: estoy tratando de comprender qué está sucediendo, qué patrones se repiten, qué factores pueden estar manteniendo el problema, qué emociones aparecen, qué pensamientos influyen en determinadas conductas, qué estrategias estás utilizando para afrontar lo que te ocurre y, sobre todo, qué podemos hacer para que aquello que hoy te genera sufrimiento pueda empezar a funcionar de otra manera.

No es sólo sentarme y escucharte: es intentar comprender qué está pasando
Cuando llegas a consulta, no recibo únicamente una historia. Recibo piezas de un problema que tenemos que ir organizando. Puede que me digas «sé que no debería preocuparme tanto, pero no puedo evitarlo», «cuando siento que alguien se aleja, me pongo fatal», «sé perfectamente lo que tengo que hacer, pero cuando llega el momento no puedo», «me siento culpable después de comer», «me miro al espejo y no soporto lo que veo» o «sé que mi pareja me quiere, pero cualquier cosa que hace me hace pensar que va a dejarme». En apariencia son frases diferentes, relacionadas con problemas diferentes. Sin embargo, detrás de ellas puede haber mecanismos psicológicos que merece la pena identificar. Por eso, una parte fundamental de mi trabajo consiste en ir más allá de lo que sucede en la superficie y preguntarnos qué ocurre exactamente, cuándo ocurre, qué lo desencadena, qué significado tiene para ti, qué haces después y qué consecuencias tiene esa respuesta. No se trata de buscar una explicación perfecta para todo, sino de construir una comprensión suficientemente precisa como para poder intervenir.
Ésto también significa que no doy por hecho que dos personas con el mismo diagnóstico necesiten exactamente lo mismo. Dos personas pueden tener un TLP y presentar dificultades muy diferentes; dos personas pueden tener un TCA y mantener relaciones completamente distintas con la comida, el cuerpo, el control o la culpa. Incluso dos personas que llegan a consulta diciendo que tienen ansiedad pueden estar atrapadas en procesos muy diferentes. Una puede estar evitando situaciones por miedo a equivocarse; otra puede estar sometida a una exigencia constante; otra puede tener dificultades para tolerar determinadas emociones; otra puede estar atravesando una situación vital concreta. Por éso, para mí, trabajar desde la evidencia no significa aplicar una receta idéntica a todas las personas, sino utilizar el conocimiento psicológico disponible para decidir qué intervención tiene sentido en cada caso.
Escuchar no es simplemente oír
Hay una diferencia enorme entre oír lo que una persona dice y escuchar clínicamente. Cuando alguien me cuenta que ha discutido con su pareja, por ejemplo, no me interesa únicamente saber qué ocurrió durante la discusión. Necesito comprender qué había ocurrido antes, qué pensó cada uno, qué emoción apareció, qué interpretó la persona, qué hizo después, qué consiguió con esa conducta a corto plazo y qué consecuencias tuvo a largo plazo. Quizá detrás de una discusión aparentemente pequeña había miedo al abandono. Quizá había una necesidad de validación que no se estaba expresando directamente. Quizá apareció una interpretación automática que convirtió una situación ambigua en una amenaza. Quizá la persona reaccionó atacando, alejándose, comprobando, preguntando repetidamente o intentando obtener una certeza imposible. Y quizá esa conducta consiguió reducir momentáneamente la ansiedad, pero terminó generando más conflicto y reforzando precisamente aquello que se quería evitar. Esa información cambia por completo la forma de intervenir.
Lo mismo ocurre cuando hablamos de alimentación. Si una persona me dice que «ha vuelto a darse un atracón», mi trabajo no consiste únicamente en escuchar que ha comido más de lo que quería. Necesitamos comprender qué había ocurrido previamente, cómo estaba emocionalmente, qué había comido durante el día, si existía restricción, qué pensamientos aparecieron, qué significado tuvo el episodio, qué hizo después y qué consecuencias tuvo. Porque intervenir sobre la conducta sin comprender la función que cumple puede quedarse muy corto. La conducta es importante, pero también lo es el proceso que la precede y lo que ocurre después de ella.

La terapia no consiste en decirte lo que tienes que hacer
Otra idea bastante extendida es que acudir al psicólogo consiste en recibir consejos. «¿Y tú qué harías?», «¿debería dejar a mi pareja?», «¿tengo que enfrentarme a ésto?», «¿debería perdonar?». Sin embargo, mi función no es tomar decisiones por ti. Mi trabajo es ayudarte a comprender mejor lo que estás viviendo, ampliar tu capacidad para tomar decisiones y proporcionarte herramientas para afrontar aquello que ahora mismo quizá sientes que no puedes manejar.
Éso puede implicar cuestionar pensamientos que damos por ciertos, aprender a identificar emociones antes de que alcancen una intensidad difícil de manejar, trabajar la tolerancia al malestar, desarrollar habilidades de regulación emocional, modificar patrones de evitación, afrontar progresivamente determinadas situaciones, trabajar la relación con el cuerpo y la comida, mejorar la comunicación, establecer límites, comprender determinados patrones relacionales o aprender a responder de una forma diferente ante situaciones que habitualmente desencadenan respuestas automáticas. Y algunas veces también implica algo menos cómodo: señalar patrones que están contribuyendo a mantener el problema, aunque reconocerlos pueda resultar difícil. La terapia no debería consistir en darte la razón en todo. Validar tu sufrimiento no significa validar automáticamente todas las interpretaciones que haces sobre lo que te ocurre.
Detrás de una sesión hay mucho más de lo que se ve
Una sesión puede parecer una conversación, pero una conversación terapéutica tiene una finalidad clínica. Hay objetivos, hipótesis de trabajo, intervenciones y una evaluación continua de lo que está funcionando y de lo que no. A medida que avanzamos, voy recogiendo información sobre tus patrones de pensamiento, emociones, conductas, relaciones y formas de afrontar las dificultades. También observo cómo evolucionan los problemas y qué obstáculos aparecen en el propio proceso terapéutico. Si una herramienta no está funcionando, no tiene sentido seguir aplicándola simplemente porque estaba prevista. Si aparece una dificultad nueva, habrá que incorporarla. Si descubrimos que el problema que parecía principal era sólo una parte de algo más amplio, tendremos que reajustar el foco.
Por eso, cuando termina una sesión, el trabajo tampoco desaparece. Hay una parte importante de análisis clínico que no necesariamente ves. Organizar la información, revisar la evolución, pensar en las hipótesis terapéuticas, seleccionar qué conviene trabajar después y adaptar las intervenciones forma parte del proceso. Una buena terapia no debería ser una sucesión de conversaciones independientes, sino un proceso con dirección. Esto no significa que cada sesión tenga que estar perfectamente planificada de principio a fin; significa que existe una comprensión global del caso que permite decidir por qué estamos trabajando una determinada cuestión y cómo se relaciona con los objetivos terapéuticos.

No necesito que vengas sabiendo explicar qué te pasa
También quiero desmontar otra expectativa que puede alejar a muchas personas de pedir ayuda: la idea de que antes de acudir al psicólogo tienes que saber exactamente qué te ocurre. No necesitas llegar a consulta con un diagnóstico, ni con una explicación perfectamente organizada, ni con una lista de síntomas, ni siquiera tienes que saber por dónde empezar. Puedes llegar diciendo «no sé qué me pasa», «sé que algo no está bien», «estoy cansado de sentirme así», «no entiendo por qué reacciono de esta manera» o simplemente «necesito ayuda». Parte del proceso consiste precisamente en ordenar aquello que ahora puede parecer confuso.
Y tampoco tienes que esperar a estar en tu peor momento. La terapia psicológica no está reservada exclusivamente para situaciones extremas. Puede ser útil cuando empiezas a detectar un patrón que se repite, cuando una dificultad empieza a interferir en tus relaciones, cuando determinadas conductas están ocupando demasiado espacio en tu vida o cuando llevas tiempo intentando resolver algo por tu cuenta y no consigues avanzar. Pedir ayuda no significa que seas incapaz de gestionar tu vida. En muchas ocasiones significa reconocer que hay algo que quieres cambiar y que hacerlo acompañado profesionalmente puede ayudarte a entenderlo y abordarlo de otra manera.
La terapia tampoco consiste en convertirte en otra persona
Uno de los objetivos de la terapia no debería ser eliminar todo aquello que eres para convertirte en alguien que nunca se enfada, nunca tiene miedo, nunca siente inseguridad o nunca comete errores. Eso no sería realista. Las emociones desagradables forman parte de la experiencia humana. El objetivo suele ser desarrollar una relación diferente con ellas y adquirir recursos que permitan responder de una manera más flexible.
Puedes seguir sintiendo miedo y aprender a no dejar que el miedo decida siempre por ti. Puedes sentir tristeza sin interpretar automáticamente que no vas a poder soportarla. Puedes enfadarte sin que el enfado tenga que convertirse en una conducta impulsiva. Puedes sentir inseguridad sin necesitar comprobar constantemente que todo está bien. Puedes experimentar malestar después de comer sin convertir automáticamente ese malestar en restricción o compensación. Puedes sentir miedo al abandono sin necesitar actuar inmediatamente para evitarlo. La terapia no busca que dejes de sentir; busca que puedas relacionarte de una forma diferente con aquello que sientes.

Mi trabajo no es vivir tu vida por ti
Por eso, cuando alguien entra en consulta, no quiero limitarme a ofrecer un lugar donde pueda desahogarse, aunque tener un espacio en el que sentirse escuchado y comprendido sea importante. Quiero que ese espacio sirva para algo. Quiero que podamos entender qué está ocurriendo, identificar qué mantiene el problema y trabajar con herramientas psicológicas que permitan generar cambios reales. En ocasiones necesitaremos hablar, en otras practicar una habilidad, analizar una situación concreta, cuestionar una interpretación, trabajar una conducta, realizar una exposición, aprender a regular una emoción o simplemente detenernos en algo que hasta ese momento estaba pasando desapercibido. La intervención dependerá de lo que necesites y de los objetivos que vayamos estableciendo.
Porque no es sólo sentarme y escucharte. Es escucharte para comprender. Es comprender para intervenir. Es intervenir de una manera adaptada a ti. Y es revisar continuamente si aquello que estamos haciendo te está ayudando a avanzar.
Si estás atravesando dificultades relacionadas con tus emociones, tus relaciones, tu alimentación, tu imagen corporal o tu forma de afrontar determinadas situaciones y sientes que ha llegado el momento de trabajarlo, puedes reservar una primera sesión de valoración conmigo. En ella podremos conocernos, hablar sobre lo que te está ocurriendo y valorar conjuntamente si puedo ayudarte y cuál sería la mejor forma de hacerlo.
No necesitas tenerlo todo claro antes de pedir ayuda. Podemos empezar precisamente por ahí.
Celia Ruano Robles
Psicóloga General Sanitaria
Psicóloga escuchando a paciente.
Terapia para TLP.
Terapia para TCA.
Psicología basada en evidencia.
Intervención psicológica.
Regulación emocional en terapia.



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