Activismo y salud mental: diagnósticos privilegiados y diagnósticos de segunda.
- Celia Ruano Robles
- 26 jun
- 5 min de lectura
¿Por qué algunos trastornos generan empatía mientras otros siguen siendo sinónimo de estigma?
La salud mental nunca había ocupado tanto espacio en la conversación pública como ahora.
Hablamos de ansiedad, depresión, trauma, TDAH, autoestima, autocuidado o regulación emocional con una naturalidad impensable hace apenas unos años. Las redes sociales, los medios de comunicación y numerosos divulgadores han contribuido a normalizar que cuidar la salud mental es tan importante como cuidar la salud física.
Y eso es, sin duda, una buena noticia.
Sin embargo, junto a este avance también ha aparecido un fenómeno que merece una reflexión crítica.
No todos los diagnósticos reciben el mismo trato.
No todas las personas que conviven con un trastorno mental despiertan la misma comprensión.
Y no todos los problemas psicológicos son aceptados socialmente de la misma manera.
En ocasiones parece existir una jerarquía implícita entre los diagnósticos: algunos generan apoyo inmediato y otros provocan rechazo, miedo o incluso desprecio.
Hablar de «Activismo y salud mental: diagnósticos privilegiados y diagnósticos de segunda» implica precisamente analizar esta realidad desde una perspectiva científica y ética.
Porque si realmente queremos luchar contra el estigma, deberíamos hacerlo para todos los trastornos, no únicamente para aquellos que resultan más fáciles de comprender.

Vivimos en la era de las etiquetas
Nunca había sido tan sencillo identificarse con un diagnóstico.
Basta con abrir una red social para encontrar publicaciones como:
«Cinco señales de que tienes TDAH.»
«Cómo saber si tienes ansiedad.»
«Síntomas que indican que puedes tener depresión.»
«Si haces esto, probablemente eres neurodivergente.»
La divulgación en salud mental ha permitido que muchas personas comprendan mejor lo que les ocurre y se animen a buscar ayuda profesional.
Pero también ha generado un efecto secundario.
Cada vez más personas interpretan experiencias normales de la vida cotidiana como si constituyeran automáticamente un trastorno psicológico.
Todos podemos reconocernos en algunos síntomas
Uno de los errores más frecuentes consiste en confundir síntomas aislados con un diagnóstico clínico.
Los manuales diagnósticos internacionales, como el DSM-5-TR o la CIE-11, describen conjuntos de síntomas que deben interpretarse dentro de un contexto clínico mucho más amplio.
Pensemos en el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad.
¿Quién no se ha distraído alguna vez?
¿Quién no ha olvidado una cita?
¿Quién no ha dejado tareas sin terminar?
¿Quién no ha procrastinado?
La respuesta es sencilla.
Prácticamente todos.
Sin embargo, eso no significa que todas esas personas tengan TDAH.
Lo que diferencia un trastorno de una experiencia cotidiana no es la existencia de un síntoma aislado.
Es la combinación de múltiples criterios: la intensidad, la persistencia en el tiempo, el momento en que aparecieron los síntomas, los distintos contextos en los que se manifiestan y, sobre todo, el deterioro funcional que producen.
Lo mismo ocurre con la ansiedad.
Con la tristeza.
Con la impulsividad.
Con las preocupaciones.
Con los pensamientos repetitivos.
Con la necesidad de control.
Muchos síntomas psicológicos existen en un continuo.
La diferencia está en cuándo dejan de ser adaptativos para convertirse en un trastorno.

El problema no es hablar de salud mental
Conviene dejar algo claro.
Hablar de salud mental es positivo.
Cuanta más información rigurosa exista, más fácil será que las personas pidan ayuda cuando realmente la necesitan.
El problema aparece cuando la divulgación sustituye a la evaluación clínica.
Cuando un vídeo de un minuto parece suficiente para explicar un trastorno complejo.
Cuando un test online parece capaz de realizar un diagnóstico.
O cuando cualquier experiencia cotidiana termina interpretándose desde una etiqueta clínica.
La psicología basada en la evidencia lleva décadas mostrando que los trastornos mentales no pueden comprenderse únicamente mediante listas de síntomas.
Es necesario evaluar la historia de la persona, su funcionamiento, el contexto, la evolución de los síntomas, la presencia de otros problemas asociados y el impacto real sobre su vida.
Los diagnósticos privilegiados
Hay diagnósticos que hoy generan comprensión prácticamente inmediata.
Cuando una persona dice que tiene ansiedad, la respuesta suele ser de apoyo.
Cuando alguien explica que convive con una depresión, la mayoría entiende que está sufriendo.
Y eso representa un enorme avance respecto a décadas anteriores.
La sociedad ha aprendido que estos trastornos no son una cuestión de voluntad.
Que necesitan tratamiento.
Que merecen comprensión.
Y eso debería alegrarnos.
Sin embargo, esa empatía parece desaparecer cuando hablamos de otros diagnósticos.

Los diagnósticos de segunda
Existen trastornos que continúan profundamente estigmatizados.
Especialmente los trastornos de la personalidad.
Las personas con Trastorno Límite de la Personalidad suelen ser descritas como manipuladoras, intensas o imposibles.
Quienes presentan un Trastorno Obsesivo-Compulsivo de la Personalidad son reducidos con frecuencia al estereotipo de personas controladoras, rígidas o incapaces de cambiar.
Y cuando aparece el Trastorno Narcisista de la Personalidad, el discurso suele ser todavía más extremo.
En redes sociales abundan mensajes como:
«Huye de ellos.»
«Nunca cambian.»
«Son personas tóxicas.»
«Elimínalos de tu vida.»
Resulta llamativo que una sociedad que reivindica acabar con el estigma de la salud mental acepte con tanta facilidad mensajes que deshumanizan a personas con determinados diagnósticos.
Un diagnóstico no define el valor moral de una persona
Uno de los mayores errores consiste en convertir un diagnóstico psicológico en una etiqueta moral.
Un trastorno describe un patrón de funcionamiento.
No describe la calidad humana de quien lo presenta.
Las personas con trastornos de la personalidad suelen experimentar enormes dificultades para regular emociones, construir relaciones estables, manejar la frustración o desarrollar una identidad integrada.
Muchas de esas dificultades generan sufrimiento tanto en ellas como en quienes las rodean.
Precisamente por eso necesitan tratamiento.
No rechazo.
No burlas.
No estigmatización.
Del mismo modo que nadie elegiría desarrollar una depresión o un trastorno de ansiedad, tampoco nadie elige desarrollar un trastorno de personalidad.

La importancia de un buen diagnóstico
Otro aspecto que rara vez se menciona es la enorme complejidad del proceso diagnóstico.
Muchos trastornos comparten síntomas.
Existe un importante solapamiento entre diferentes categorías diagnósticas.
Algunas personas cumplen criterios para varios trastornos simultáneamente.
Otras cambian de presentación clínica a lo largo del tiempo.
Por ello resulta imprescindible que la evaluación sea realizada por profesionales con formación específica y experiencia clínica.
Un diagnóstico no puede basarse únicamente en una lista de síntomas.
Debe integrar entrevistas clínicas, historia evolutiva, funcionamiento interpersonal, contexto, antecedentes y, cuando sea necesario, instrumentos de evaluación validados.
Un diagnóstico precipitado puede condicionar la identidad de una persona, retrasar el tratamiento adecuado o incluso generar intervenciones poco eficaces.
La salud mental necesita menos activismo superficial y más ciencia
El activismo en salud mental ha conseguido logros muy importantes.
Ha reducido el estigma de muchos trastornos.
Ha fomentado que miles de personas pidan ayuda.
Ha visibilizado problemas que durante años permanecieron ocultos.
Pero cuando el activismo deja de lado la evidencia científica y comienza a simplificar la complejidad de la psicología, aparecen nuevos problemas.
Se banalizan los diagnósticos.
Se patologizan experiencias normales.
Se convierten algunos trastornos en identidades.
Y se crean categorías de personas que parecen merecer más compasión que otras.
La salud mental no puede funcionar a través de simpatías.
No debería haber diagnósticos privilegiados y diagnósticos de segunda.

Reflexión final
La verdadera lucha contra el estigma no consiste únicamente en normalizar la ansiedad o la depresión.
Consiste en comprender que cualquier persona que convive con un trastorno mental merece el mismo respeto, la misma dignidad y el mismo acceso a un tratamiento de calidad.
La psicología basada en la evidencia nos recuerda que los diagnósticos no son etiquetas para clasificar personas.
Son herramientas clínicas para comprender el sufrimiento humano.
Y cuando olvidamos eso, dejamos de hacer psicología para empezar a hacer juicios de valor.
Celia Ruano Robles
Psicóloga General Sanitaria
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Si llevas tiempo sintiendo que algo no encaja, has recibido diagnósticos contradictorios o necesitas una evaluación rigurosa realizada por una profesional especializada, la terapia psicológica puede ayudarte a comprender qué está ocurriendo realmente.
Cada persona merece una valoración individualizada, basada en la evidencia científica y alejada de las etiquetas simplistas.
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