A veces, el problema sí eres tú.
Mirar hacia dentro también forma parte de cuidar nuestras relaciones y de hacernos responsables de aquello que podemos cambiar.
En los últimos años, las redes sociales han cambiado mucho la manera en la que hablamos de psicología y, especialmente, de relaciones. Cada vez encontramos más contenido sobre «personas tóxicas», «narcisistas», límites, responsabilidad afectiva, señales de alarma o comportamientos que deberíamos evitar en una relación. Y muchas de estas conversaciones son necesarias: aprender a reconocer dinámicas dañinas, establecer límites y entender que no tenemos que tolerar cualquier comportamiento es importante. Sin embargo, existe un riesgo cuando esta forma de divulgación se convierte en una explicación prácticamente universal de nuestros problemas: que terminemos mirando siempre hacia fuera y muy poco hacia dentro.
Porque a veces la pregunta no es solamente «¿qué me está haciendo esta persona?», sino también «¿qué estoy haciendo yo dentro de esta relación?». Y esta segunda pregunta puede resultar bastante más incómoda.

«El problema es el otro.»
Es comprensible que, cuando sufrimos dentro de una relación, nuestra atención se dirija hacia aquello que la otra persona está haciendo. Si nuestra pareja nos habla mal, si un familiar invade nuestros límites, si alguien nos manipula o si una persona cercana mantiene comportamientos que nos hacen daño, tiene sentido identificarlo y protegernos. No asumir responsabilidades que no nos corresponden también es una parte importante del bienestar psicológico.
El problema aparece cuando esta lógica se convierte en un patrón: «el problema siempre está fuera de mí». Si todas nuestras relaciones terminan mal porque «los demás son egoístas», si todas nuestras parejas son «narcisistas», si siempre somos nosotros quienes ponemos límites porque la otra persona «no sabe respetarnos», quizá merezca la pena detenerse un momento.
No necesariamente para concluir que somos los culpables. Tampoco para asumir que la otra persona no ha hecho nada malo. Simplemente para introducir una pregunta que puede aportar información nueva: «¿Qué parte de lo que está ocurriendo sí tiene que ver conmigo?»
Puede que la respuesta sea pequeña. Puede que sea importante. Puede que, en algunos casos, descubramos que prácticamente no tenemos responsabilidad sobre la conducta de la otra persona. Pero si nunca hacemos la pregunta, tampoco podremos descubrirlo.

A veces tú también contribuyes al problema.
Hay una idea que puede resultar difícil de aceptar: podemos estar sufriendo por algo y, al mismo tiempo, estar contribuyendo a mantenerlo.
Podemos querer que nuestra pareja se comunique mejor y, sin embargo, responder con silencio cuando estamos enfadados. Podemos sentir que nadie respeta nuestras necesidades y, al mismo tiempo, expresar esas necesidades únicamente cuando ya estamos desbordados. Podemos quejarnos de que la otra persona no confía en nosotros mientras revisamos constantemente lo que hace por miedo a que nos abandone. Podemos sentirnos heridos por determinadas conductas y responder después con conductas que también generan daño.
Y esto no significa que «nos lo hayamos buscado».
Significa que las relaciones son sistemas de interacción. Lo que hace una persona influye en la otra y la respuesta de la segunda puede terminar influyendo de nuevo en la primera. A veces se establece un ciclo en el que ambos reaccionan a la conducta del otro y, con el tiempo, cada uno termina viendo únicamente lo que el otro hace.
«Yo le grito porque nunca me escucha».
«Yo dejo de hablarle porque siempre me grita».
«Yo controlo porque no confío en él».
«Yo oculto cosas porque sé que me va a controlar».
Cada persona puede tener una explicación comprensible para su comportamiento. Y, al mismo tiempo, ambos pueden estar contribuyendo a mantener una dinámica que resulta perjudicial.

Reconocer nuestra responsabilidad no significa culpabilizarnos.
Aquí es importante hacer una distinción. responsabilidad y culpa no son lo mismo.
La culpa tiende a llevarnos hacia una valoración global de nosotros mismos: «soy una mala persona», «soy tóxico», «todo lo hago mal», «el problema siempre soy yo». Este tipo de pensamiento puede generar vergüenza y terminar bloqueando precisamente el cambio que necesitamos.
La responsabilidad funciona de otra manera. No pregunta «¿qué está mal en mí?», sino «¿qué estoy haciendo?, ¿qué efecto puede estar teniendo?, ¿qué puedo hacer de forma diferente?».
Esto permite pasar de una identidad fija a una conducta concreta.
No es lo mismo decir «soy una persona manipuladora» que preguntarse «¿estoy utilizando el silencio para conseguir que la otra persona haga lo que quiero?». No es lo mismo pensar «soy una pareja horrible» que reconocer «cuando tengo miedo de que me abandonen, intento controlar determinadas situaciones y eso está deteriorando nuestra relación».
Cuando podemos describir una conducta concreta, también podemos empezar a modificarla.
«Pero yo reacciono así porque la otra persona...»
Una de las trampas más frecuentes consiste en utilizar la conducta del otro como explicación completa de la nuestra.
«Le hablo mal porque él me provoca».
«Le reviso el móvil porque me ha dado motivos».
«Me cierro porque ella siempre me critica».
«Le castigo con silencio porque antes me ha ignorado».
Es posible que el comportamiento de la otra persona influya en nuestra reacción. De hecho, sería poco realista pensar que nuestras respuestas aparecen de manera aislada. Pero que algo explique nuestra conducta no significa necesariamente que la justifique ni que elimine nuestra capacidad de elegir cómo responder.
Esta diferencia es fundamental.
Puedo comprender por qué me pongo a la defensiva cuando alguien me critica y, al mismo tiempo, aprender a responder de una manera menos agresiva. Puedo entender que mi miedo al abandono me lleva a necesitar constantemente confirmaciones y, a la vez, trabajar para no convertir ese miedo en conductas de control. Puedo reconocer que determinadas experiencias de mi historia han influido en mi manera de relacionarme y, aun así, asumir que hoy puedo empezar a construir respuestas diferentes.
Comprendernos no consiste en encontrar excusas para todo lo que hacemos. Consiste en entender nuestros patrones lo suficiente como para poder intervenir sobre ellos.

La pregunta incómoda: «¿Qué estoy haciendo yo para que esto se mantenga?»
Esta puede ser una de las preguntas más interesantes que podemos hacernos cuando estamos atrapados en un conflicto.
No pregunta quién empezó.
No pregunta quién tiene la culpa.
No intenta decidir quién es «el tóxico».
Pregunta algo mucho más práctico:
«¿Qué estoy haciendo yo que está contribuyendo a que este problema continúe?»
Quizá estamos evitando una conversación necesaria. Quizá estamos interpretando determinadas situaciones desde el miedo y reaccionando antes de comprobar qué está ocurriendo realmente. Quizá exigimos a los demás algo que nosotros tampoco ofrecemos. Quizá esperamos que una persona adivine nuestras necesidades en lugar de comunicarlas. Quizá estamos manteniendo una relación que sabemos que no queremos porque tenemos miedo de estar solos.
Y también puede ocurrir lo contrario: que hagamos esta reflexión y descubramos que estamos intentando cambiar algo que realmente no depende de nosotros. Que llevemos tiempo adaptándonos, justificando o intentando reparar una dinámica en la que la otra persona no asume ninguna responsabilidad.
Por eso mirar hacia dentro no significa asumir automáticamente que somos «el problema». Significa ampliar la información disponible.

Poner límites y hacer autocrítica no son cosas opuestas.
A veces parece que tenemos que elegir entre dos posiciones: o ponemos límites y señalamos lo que hace mal la otra persona, o hacemos autocrítica y asumimos nuestra responsabilidad.
No tiene por qué ser así.
Puedo decir «esto que estás haciendo conmigo no es aceptable» y, al mismo tiempo, preguntarme «¿cómo estoy respondiendo yo a esta situación?».
Puedo decidir alejarme de una relación y revisar qué señales ignoré, qué necesidades no expresé o qué patrones repetí.
Puedo reconocer que alguien me ha hecho daño sin convertirlo en responsable absoluto de todo lo que siento y hago a partir de entonces.
Y puedo asumir mis propios errores sin aceptar comportamientos dañinos de los demás.
La responsabilidad personal no debería utilizarse para convencer a alguien de que aguante una relación perjudicial. Del mismo modo, hablar de límites no debería convertirse en una forma de evitar cualquier revisión de nuestra propia conducta.
No todo lo que haces define quién eres.
Otra razón por la que esta mirada puede resultar difícil es que muchas personas interpretan reconocer un error como una amenaza a su identidad.
«Si admito que he sido controlador, significa que soy una persona controladora».
«Si reconozco que he hecho daño, significa que soy mala persona».
«Si yo también estoy contribuyendo al problema, entonces no tengo derecho a sentirme herido».
Pero podemos sostener varias cosas a la vez.
Puedes haber hecho daño y seguir siendo una persona que merece comprensión.
Puedes haber reaccionado mal y, al mismo tiempo, haber tenido motivos para sentirte herido.
Puedes equivocarte y seguir teniendo derecho a poner límites.
Puedes haber desarrollado estrategias que en algún momento te ayudaron a protegerte y que ahora están generando problemas.
La cuestión no es construir una identidad a partir del error. Es poder reconocerlo, comprenderlo, repararlo cuando sea posible y aprender de él.

La terapia no debería consistir únicamente en decirte quién tiene la culpa.
Una intervención psicológica rigurosa no debería reducirse a confirmar que la otra persona es «tóxica», que tu pareja es «narcisista» o que tienes que alejarte de determinadas personas.
A veces será necesario identificar dinámicas de abuso, control, manipulación o vulneración de límites. Y cuando existen, reconocerlas es importante.
Pero también puede ser necesario explorar qué patrones relacionales estás repitiendo, qué emociones están detrás de determinadas respuestas, qué interpretaciones haces de las conductas de los demás, qué estrategias utilizas para afrontar el conflicto y qué consecuencias están teniendo.
La finalidad no es encontrar un culpable.
La finalidad es comprender qué está ocurriendo y qué posibilidades de cambio existen.
Y esto implica algo que puede ser incómodo, pero también profundamente liberador: quizá no puedas cambiar a la otra persona, pero sí puedes trabajar sobre tu propia manera de responder.
A veces, el problema sí eres tú.
Decir «a veces, el problema sí eres tú» no debería utilizarse como una nueva forma de culpabilización.
Debería ser una invitación a recuperar una parte de nuestra capacidad de actuar.
Porque si el problema siempre está fuera, nuestra única opción parece ser esperar a que el otro cambie, alejarnos o encontrar a alguien diferente.
Pero si podemos preguntarnos qué estamos haciendo nosotros, aparecen otras posibilidades.
Podemos reparar.
Podemos aprender.
Podemos pedir perdón.
Podemos comunicar mejor.
Podemos dejar de justificar determinadas conductas.
Podemos aprender a tolerar emociones que antes descargábamos sobre otras personas.
Podemos revisar nuestras expectativas.
Podemos dejar de repetir el mismo patrón con personas diferentes.
Y, en ocasiones, podemos descubrir algo todavía más importante: que llevábamos mucho tiempo intentando cambiar al otro cuando lo que realmente necesitábamos cambiar era nuestra propia manera de relacionarnos.
La próxima vez que tengas un conflicto y pienses «el problema es esta persona», quizá no necesites darle inmediatamente la vuelta y pensar «el problema soy yo».
Puedes hacer algo más útil:
«¿Qué parte de esto me corresponde a mí?»
No para castigarte.
No para asumir responsabilidades que no son tuyas.
Sino porque aquello que puedes reconocer también es aquello sobre lo que, en muchas ocasiones, puedes empezar a intervenir.
Y quizá esa sea una de las formas más honestas de responsabilizarnos de nuestra propia vida.

¿Y si en lugar de preguntarte únicamente qué está haciendo mal la otra persona, te preguntaras qué parte de la situación también te corresponde a ti? Si sientes que estás repitiendo determinados patrones en tus relaciones y no sabes cómo modificarlos, puedes contactar conmigo y valorar juntos qué está ocurriendo.
conflictos de pareja y responsabilidad
psicóloga online
psicología de las relaciones



Comentarios